TESTIMONIO de ANTONIO BARCELÓ ROLDÁN

Debo decir que, antes de mi conversión a la verdadera fe de Cristo, comencé ya a considerar la paciencia que Dios tiene con cada uno de nosotros. Él no desea que ninguno perezca, sino que todos lleguemos al arrepentimiento, anhelando la salvación (2 Pedro 3:9). La justicia del Señor me impactaba cada vez más, considerando su inmenso poder ejercido junto a su misericordia infinita. Pero ahí quedaba la cosa. Siempre existía el buen propósito, pero no la intención firme de regenerarme, apoyado en las enseñanzas de Jesús. Así que me limitaba a realizar novenas a ciertos santos, visita a iglesias en solitario o cumplir promesas. Y de esta manera, me consideraba “bueno” en toda la extensión de la palabra. 

Cierto día, alguien me habló de Jesucristo, diciéndome que el Señor no retarda sus promesas, aunque nos parezca, en nuestra impaciencia carnal, que dichas promesas llegan con tardanza. Me aseguraron que Cristo era y es mi único Salvador. Se me habló de que Dios me amaba desde antes de la fundación del mundo, porque Dios ama al hombre y, sobre todo, llegué a pensar que es preciso experimentar la regeneración por medio del arrepentimiento sincero de los pecados,  en lugar de mantener en total olvido a nuestro Salvador, dejando a un lado el  gran amor y privilegio que Él nos ha concedido.

Desde aquel momento, empezó a dolerme la soledad y la existencia triste que Jesús atravesó por mí, ofreciéndose voluntariamente a morir, y muerte de cruz, para que yo me salvara. Poco después me persuadía de que todo era más fácil de lo que yo creí en un principio. Que, para ser salvo, no era preciso realizar ningún sacrificio de mi parte; no necesitaba hacer ni un solo mérito personal, pues la sangre de los altares del antiguo pacto fue ya derramada por Jesús en la cruz del Calvario, milagro que se llevó a cabo de una vez y para siempre. Tan solo se nos hace necesario admitir seriamente que la vida eterna es, simple y llanamente, para los que creen en Jesucristo. Y además, fui aprendiendo que el amor de Dios es para todo el que, apoyado en  Jesús, se convierte en hijo de Dios, hermano de Cristo y templo vivo del Espíritu Santo. Este divino don, tan inefable, solo se consigue a través de la fe, creyendo que Jesús no se apartará de mí si yo lo llamo.

Sentadas estas premisas, y sintiéndome llamado por el Espíritu, Cristo me llevó cierto día a una iglesia evangélica donde se predicaba el Evangelio. El Pastor comentaba un pasaje del Evangelio de Juan (16:27): …el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. Y allí, en aquel instante, se me abrieron las puertas del Cielo, llegándome la luz del conocimiento, legal y verdadero, de las leyes del Señor. ¡Cree y serás salvo! Ese fue mi mejor lema de siempre y el que, en todo momento, me acompaña después de haber aprendido a gloriarme en la cruz, porque la salvación se inicia creyendo, es decir: recibiendo con fe la Palabra de Dios. Hoy me siento pleno y feliz por haber llegado a una edad avanzada amando a quien me salvó con  la promesa de vida eterna (Juan 3:16).
                                                                                      
Antonio Barceló Roldán - - - - - - - - -       Periodista   (Málaga)

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