
La casa azul
Hoy es un día normal como otro cualquiera. Comienzo con mis quehaceres.
Salgo a la calle y camino. No voy demasiado rápido. Camino a un paso agradable e intento disfrutar del panorama, aunque esto no es siempre fácil. Casi no me puedo creer lo que veo: tantas personas que caminan tan rápido. ¿Dónde van? Si me acercara a uno de ellos y le hiciese esta pregunta sé que se ofenderían. Mejor seguiré con mi camino.
“Voy al trabajo” me dirían algunos. Otros insinuarían que están simplemente paseando, y otro grupo no respondería. Lo mejor será caminar e ignorar la triste realidad. Aquel pobre hombre de unos 78 años, lo veo demasiado débil. Quizá será la última vez que disfrute del sol, de su paseo matutino. ¿Y voy a acercarme yo a decirle que mañana quizá no estará aquí? ¿Por qué habría de hacerlo? Y sigo, pues, caminando. Me detengo. Miro hacia atrás. Aún veo a este hombre, a lo lejos. Algo me dice que no lo volveré a ver. Al menos él no caminaba tan rápido.
Parece ser que se lo tomaba con calma. Ya tuvo tiempo de correr en su juventud dándose cuenta que no iba a ningún lado. ¿Para qué habría de correr ahora? Creo que su corazón no lo soportaría, ni su cuerpo, ni él mismo. Parece un hombre triste, cansando de vivir, y que la vida no le aportó demasiado.
Hoy no tenía demasiadas ganas de hablar. Intenté cumplir con mi trabajo lo mejor posible, aunque parece ser que mi corazón no estaba del todo en ello. Mis pensamientos iban por un lado, y mi cuerpo por otro.
Después vi a lo lejos aquel edificio azul, la biblioteca. Subí a la segunda planta y revisé mis mensajes de correo electrónico. Hoy en día parece que las bibliotecas tendrían poco éxito sin quince ordenadores en la sala principal de lectura. Esto es también triste. Hoy todo parecía triste. No había quizá demasiados motivos para reír. No estaba seguro que fuese a volver a ver a aquel hombre de unos 78 años.
Caminaba lentamente. Quizá aún no había llegado a su casa. Ni siquiera sabía si tendría casa. Me imaginé que pronto una caja pequeña de madera podría ser su hogar. ¿Y su alma dónde iría? Probablemente él nunca pensó que la tuviera. Yo fui un cobarde al no decírselo.
Giré mi cabeza y vi a un antiguo amigo que estudiaba. Al menos había quienes iban a la biblioteca para algo más que para enchufarse a la pantalla. Le propuse un descanso, o un café. Parece que estaba esperándome, pues no dudó en tomárselo y dejar los libros a un lado. Creo que hay tiempo para todo. El lo tuvo. También llegaría el día en que dejara de tenerlo, al menos en este mundo. Mi tiempo también se acabará.
Llegamos al bar. Reconozco que el tiempo se fue deprisa. Cuando estábamos sentados pedí mi refresco, y cuando miré la segunda vez al vaso ya se había disuelto el hielo. Y creo que recordar que no era tan pequeño. El tiempo se fue deprisa, y el hielo. Y parece ser también que lo que empezó por una simple conversación de “cómo te va la vida y qué estás haciendo” acabó en un debate sobre la vida, la existencia, el hombre y la naturaleza, y Rayuela de Cortázar; libro que reconozco no haber leído aún, aunque lo tengo apartado en mi habitación para hacerlo.
Hoy aprendí algo. Aquella biblioteca en forma de casa azul me enseñó que había que salir de ella al mundo, que en un día en el que no quería mantener conversaciones pude dialogar sobre la vida, el mundo y el hombre, y que las personas sí tienen el deseo de encontrar a Dios, pero que no saben cuál es el camino. Es cierto que “no hay quien busque a Dios, ni aún uno”, pero también es cierto que el hombre tiene sed. ¿No le daremos de beber? Este antiguo amigo me mostró ser un buscador, y también estoy seguro que aquel hombre de unos 78 años quería saber qué iba a pasar con su alma.
El mundo está cansado de sermones, y aun así no dejaremos de creer que “Dios salva a los hombres por la locura de la predicación”, pero también es verdad, que los inconversos desean que la vida del que se llama así mismo cristiano sea el más bello de los sermones. Hablamos de Cristo, del amor, del perdón, del cielo y del infierno, y de la justificación por la fe, pero un texto venía a mi mente mientras hablaba con mi amigo:
“hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” Que cada uno de los que nos llamamos cristianos responda a esta pregunta. Creo que él deseaba ver a los cristianos viviendo realmente lo que creían.
También es verdad que muchos no creen en Cristo encontrando la excusa en que los cristianos no viven lo que predican, pero sabemos que esto no les exime de su responsabilidad ante Dios, pues los que así piensan podrían convertirse en cristianos y mostrar a todos los demás hipócritas que ellos no lo son. Pero los que de verdad no tienen excusa son aquellos que dicen que tienen fe, pero sus obras no acompañan a esa fe.
Amados hermanos, no estamos hablando de perfeccionismo, ni de cantidad de fe o de obras, sino de la calidad de la misma, de una vida que predique sin palabras aunque debamos hablar, y de un amor derramado en nuestros corazones hacia Dios sobre todas las cosas y hacia nuestro prójimo como a nosotros mismos.
Este mundo loco está vacío, pero tiene sed. Caminan rápido sin saber a dónde van porque están buscando algo, aunque en lugares equivocados.
Piensan que en este mundo está el lugar para descansar. No creen en Cristo, pero a su vez, desean ver a Cristo en los que sí creemos en El.
Hermanos y amigos, este es “el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.”
Nosotros predicamos sobre Cristo, pero el mundo desea ver precisamente a Cristo en nosotros. Entonces sí creerán. Sólo viviendo Cristo en nosotros, nuestra vida será un sermón sin palabras, una muestra del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones.
Hoy es un día normal como otro cualquiera. Mi paseo ha acabado. Mi vida aún no. Aún estoy en pie, aunque ya no camino. He dejado de pasear. Estoy cansado de ver la velocidad del mundo dirigiéndose hacia la destrucción.
Pero tras haber visitado aquella casa azul supe que el mundo tiene sed.
Ahora estoy en mi habitación. Necesito beber. Deseo beber mucho más. He de saturarme mucho más de esta agua de la vida que Jesús ofrece. Después saldré de nuevo al mundo, para dar de beber al sediento.
“Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.”
Sergio Gil Nebro.


Olvidaron al Dios de su salvación, Que había hecho grandezas en Egipto, Psa 106:21