Besad al hijo

Salmo 2:12  Besad al hijo, para que no se enoje, y perezcais en el camino, pues se enciende de pronto su ira.  ¡Bienaventurados todos los que en él confían!

Hay muchas formas de besar. Judas también entregó a su maestro Jesús con un beso, a aquel que estaba a punto de “dar Su vida en rescate por muchos”. ¿Pero de qué manera fue Jesús besado por Judas? Este fue sin duda el beso de la traición, el beso del engaño. Pero nuestro Señor no podía ser engañado, y le contestó: “¿Con un beso, entregas a tu maestro?”

Supongo que nuestra respuesta a alquien que va a entregarnos a muerte habría sido más severa, pero Jesús siempre habló con templanza, aunque llegando al mismo tiempo a lo más profundo del alma y de las intenciones humanas. En nuestro salmo, hoy nos encontramos unas palabras no menos significativas y directas que las de Jesús. Es el mismo Dios del Getsemaní el que ahora habla a través del salmista. Nos exhorta a besar al Hijo, pero con aquel beso que expresa rendición y sumisión. Como el siervo que besa la mano de su señor esperando ser atendido con misericordia, y así ser ordenado para su tarea. Aquel que desee tener a Jesús como Salvador, habrá de tenerlo también como Señor. Aunque la pregunta que quisiera dirigir hoy a ti es la siguiente: “¿Quién es Jesús para ti?” Puedes acercarte a El de dos maneras diferentes: puedes acudir a Cristo como lo hizo Judas, o en cambio, como un siervo sumiso a su voluntad, reconociendo así su señorío.

Te exhorto a que no seas tan necio como Judas. ¿Entregarías a Cristo por unas cuantas monedas? ¿Es tu Dios el dinero? Yo mas bien deseo que tu Dios sea Cristo, porque sólo El “vino al mundo para salvar a los pecadores” de la muerte y del infierno, muriendo por ellos en la cruz y resucitando. Tus pecados merecen el infierno, la condenación eterna, y sólo la sangre de Cristo puede lavar tus pecados, si te arrepientes y crees en Él.

Olvídate de que puedas seguir a Cristo y al pecado al mismo tiempo, porque si tenemos dos señores, amaremos a uno y aborreceremos al otro. “No podemos servir a Dios y a las riquezas”.
“Señor Jesús, ¿Qué quieres que yo haga?” ¿Es esta nuestra oración? Esta es la oración del siervo. El discípulo busca agradar a su señor en todo.

Rindámonos hoy ante el señorío de Cristo, hasta el final de nuestros días, “para que no se enoje, y perezcamos en el camino, pues se enciende de pronto su ira

Bienaventurados todos los que en El confían.

Sergio Gil  Nebro
  Olvidaron al Dios de su salvación,  Que había hecho grandezas en Egipto, Psa 106:21
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